DOMINGO 32. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
LA SABIDURÍA SENTADA A TU PUERTA
Hoy la Palabra de Dios nos devuelve una palabra que el mundo va olvidando: sabiduría.
No es lo mismo que ciencia. Hoy sabemos muchísimo y, sin embargo, a veces falta lo esencial: saber para qué. Una gota de sabiduría vale más que mares de saberes. La sabiduría habla poco, pero muy bien. No da discursos: da sentido.
Y el libro de la Sabiduría trae una noticia preciosa: ella misma sale al encuentro. Se deja ver por quienes la aman, aborda a los caminantes, les sale al paso en cada pensamiento. Y quien madruga la encuentra sentada a la puerta. No hace falta ser erudito. Solo hace falta desearla.
Después, san Pablo toca la herida más honda: la muerte. Todos tenemos nombres que se nos han ido. Pablo no dice que no duela. Dice que no nos aflijamos como quienes no tienen esperanza, porque Dios, por medio de Jesús, llevará consigo a los que duermen en él. Y llega la frase más hermosa: «Estaremos siempre con el Señor». Esa es la sabiduría que da sentido al sinsentido de la muerte.
Y el Evangelio nos avisa: «Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora». Lo decisivo de la vida es imprevisible: cuándo llegará la gracia en medio de la desgracia, cuándo se nos aclarará una vocación, cuándo será la despedida que no esperábamos. Programamos muchísimo, pero no controlamos nada de lo esencial.
Por eso velar no es vivir con miedo. Es vivir con sabiduría. Decía Kierkegaard que vivía cada instante como si fuera el último de su vida. Y Jesús lo dice con sencillez: «Le basta a cada día su afán». Las vírgenes prudentes tampoco sabían la hora, pero tenían aceite. Es decir: tenían el presente lleno. Lleno de amor, de fidelidad cotidiana, de pequeños gestos hechos a tiempo. Quien vive así no se sorprende; nada lo pilla desprevenido.
Hay una imagen que puede acompañarnos esta semana: la Sabiduría, sentada a la puerta, esperando. Y nosotros, tan ocupados con mil asuntos, pasando de largo sin mirar. Quizá hoy esté en una conversación pendiente, en alguien que sufre, en un rato de silencio que siempre aplazamos.
Quedémonos con una pregunta, en silencio: si esta noche llegara el Esposo, ¿qué llevaría yo en la lámpara?
María, la Virgen, fue Sedes Sapientiae, morada de la Sabiduría, porque la deseó y le abrió la puerta. Que ella nos enseñe a vivir despiertos, con aceite en las lámparas y la puerta abierta.
José Cristo Rey García Paredes, CMF
DOMINGO 31. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
LA PUERTA ESTRECHA, QUE NADIE MIRA
Hay una pregunta que atraviesa las tres lecturas de hoy, y no es cómoda: ¿cómo se ejerce la autoridad?
Malaquías no se anda con rodeos. Los sacerdotes debían ser guardianes de la Alianza, ejemplo de fidelidad. Y se habían convertido en lo contrario: engañaban, hacían favoritismos, se dejaban corromper. Habían olvidado lo esencial: dar gloria a Dios. Y el profeta termina con una pregunta que desarma: «¿No tenemos todos un solo Padre?»
Un solo Padre. Ahí está la clave de todo. Si hay un solo Padre, nadie es dueño de nadie. Todos somos hermanos.
Mirad entonces lo que hacen Pablo, Timoteo y Silvano. Escriben a los tesalonicenses y se les nota el corazón: «Os teníamos tanto cariño… os queríamos entregar hasta nuestras propias personas». Así se dirige una comunidad: con ternura, no con dureza.
Y Jesús lo remata en el Evangelio. Retrata a los que mandan para ser vistos: cargan fardos pesados sobre los demás y no mueven un dedo; buscan los primeros puestos, las reverencias, los títulos. Y propone otro sueño de Iglesia: «El primero entre vosotros sea vuestro servidor».
Imaginemos entonces dos puertas. Está la puerta grande, la del vestíbulo, por donde entran siempre las autoridades, entre saludos y reverencias. Y está otra, estrecha, sin alfombra ni protocolo, la de servicio, por donde entran los que trabajan, los que cargan, los siervos. Y por esa puerta entró Jesús mismo: nació en un establo y se ciñó la toalla para lavar los pies.
Y conviene decirlo con sencillez: también en la Iglesia hay favoritismos. Hay quien siempre entra por la puerta grande porque tiene apellido, cargo o influencia, y quien pasa inadvertido porque no tiene nada de eso. Eso es lo que Malaquías llamó profanar la Alianza.
Porque a los ojos del Padre no hay primeros ni últimos de categoría. Hay hijos. Y a veces los preferidos de Dios son los que nadie mira.
Quedémonos con una pregunta, en silencio: ¿hacia qué puerta se nos van cada día los ojos y los pasos?
Dice Jesús que el que se enaltezca será humillado. Que esta Eucaristía, donde el Señor mismo se hace siervo, nos enseñe a cruzar la puerta que nadie mira, que es la puerta del Reino.
José Cristo Rey García Paredes, CMF
DOMINGO 30. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
PARA AMAR NO BASTAN DOS

¿Qué es amar? Lo mejor no es definirlo, sino vivirlo. Es un fuego que nos recorre, de dentro afuera y de fuera adentro. Para decirlo están los poetas. El escritor austriaco Peter Handke escribió: «El amor es una fiesta de los ojos». Y añadió algo asombroso: para amar no bastan dos; hace falta un tercero a quien volverse para dar gracias, para reponerse, para seguir firme. Y a ese tercero, confiesa, solo puede llamarlo «Dios».
Hoy Jesús nos lleva a ese misterio. Le preguntan por el primer mandamiento, con ganas de tenderle una trampa. Se esperaba, tal vez, una frase sobre la adoración: «Dios es uno, solo a Él adorarás». Pero Jesús responde con otro verbo: ¡amarás! Y lo extiende a todo: a Dios y, en cada prójimo, a Dios mismo. El amor más pequeño y más concreto lleva dentro la semilla de la totalidad.
La primera lectura nos dice cómo es ese Dios. Habla de forasteros, viudas, huérfanos y pobres. Son sus favoritos. Y da la razón en una sola palabra: «porque soy compasivo». Esa es su definición: padece con los que padecen. Ahí está su debilidad. Lo que se hace a uno de ellos se lo hacen a Él. De ahí los verbos del amor celoso: no oprimirás, no explotarás, devolverás. El Compasivo puede ser el peor enemigo de quien no tiene compasión. Y cada uno de esos rostros tiene hoy un nombre y vive más cerca de lo que pensamos.
¿Y cómo se mantiene vivo este fuego? Con la Palabra. Pablo recuerda a los de Tesalónica que acogieron la Palabra con pasión, se dejaron encender, y desde allí resonó por todas partes. Porque el amor crece cuando se conoce, y la Palabra enciende el corazón.
Quien ama cae en una red, la red de la libertad. Un amor concreto, una mirada limpia, una mano tendida al más débil, y ya hemos tocado a Dios.
San Juan de la Cruz lo dejó dicho con una frase que sirve de examen para toda una vida: «A la tarde te examinarán en el amor».
Que esta Eucaristía nos encienda. Porque donde hay amor, allí está Dios, y nos está esperando.
José Cristo Rey García Paredes, CMF
DOMINGO 29. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
UN PUEBLO QUE NO ESTÁ EN VENTA
Hoy le haríamos a Jesús preguntas políticas. ¿Es lícito votar a…? ¿Es lícito defender…? Queremos una respuesta clara, contundente. Y Jesús, con una sonrisa, nos devuelve una moneda.
«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Parece nítido, y no lo es. Porque el mundo no está repartido en dos mitades, una para Dios y otra para el César. Nada del César deja de ser de Dios. Jesús nunca dio recetas: nos regaló algo mejor, el esfuerzo de buscar y de implicarse.
Pero hay una clave: «Devolved al César sus monedas». ¡Que se quede con ellas! La moneda lleva grabada la imagen del César. Y lo que sí es de Dios, más aún que la tierra entera, es su pueblo, que lleva grabada la imagen de Dios. Un pueblo que no está en venta. Esa frase huele a celos de enamorado: celos de Alianza. Es como si Jesús dijera: no hagáis alianzas con nadie; entregaos a Dios sin reservas.
La primera lectura lo muestra con una belleza asombrosa. El pueblo está desterrado, el templo en ruinas, el nombre de Dios por los suelos. ¿Quién lo levanta? Un rey pagano, Ciro, que ni siquiera conocía a Dios. Y, sin conocerlo, se dejó llevar por Él. Así santifica Dios su nombre: sin pedir permiso a nadie. Cuando rezamos «santificado sea tu nombre», pedimos precisamente eso: que Él mismo defienda su honor, que se muestre fiel, obstinadamente fiel.
Hay también un reverso. Hay césares que se hacen pasar por dios y toman su nombre en vano. Ya lo advirtió san Agustín en La ciudad de Dios (libro IV, capítulo 4), con una frase que no envejece:
«Quitada la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones?»
Y a la Iglesia no le está permitido ese camino. Lo dice san Pablo: tres evangelizadores, juntos, sin despotismo, que miran a la comunidad con asombro y la llaman «amada de Dios». Ese es el estilo: evangelizar en grupo, descubrir primero la gracia en los demás, y que entre nosotros el poder sea servicio y nunca dominio.
Hermanos, la política más audaz es la de quien ya tiene dueño, y qué dueño: el Dios que no abandona. Con el corazón entregado a Él, cada voto, cada trabajo y cada palabra pueden convertirse en un modo de decir: «Santificado sea tu nombre».
José Cristo Rey García Paredes, CMF













