DOMINGO 16. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

TRES HISTORIAS SEGUIDAS

Jesús cuenta hoy tres historias seguidas. Y las tres dicen, en el fondo, lo mismo. ¡No te desesperes! Un campo con cizaña mezclada entre el trigo. Un grano de mostaza diminuto. Un poco de levadura escondida en la masa.

Tres imágenes de algo que no parece gran cosa. Que parece incluso un problema. Y que sin embargo está yendo exactamente a donde tiene que ir.

Los criados llegan corriendo, escandalizados: ¡Señor, hay mala hierba entre el trigo, qué hacemos, la arrancamos ya! Y el dueño dice: no. Esperad.

No porque le dé igual la cizaña. Sino porque arrancarla ahora haría demasiado daño. Porque el trigo y la cizaña crecen entrelazados, y a veces no se distinguen hasta que maduran.

Esto me dice algo importante sobre cómo actúa Dios. Dios no tiene prisa en condenar. Dios tiene paciencia. Una paciencia que a veces nos desespera porque queremos que todo se resuelva ya, que los malos paguen pronto y los buenos sean reconocidos enseguida.

Pero también me dice algo sobre mí mismo.Porque ese campo de trigo y cizaña no es solo el mundo ahí fuera. Soy yo también. Hay en mí cosas buenas y cosas que todavía no lo son tanto. Zonas de luz y zonas que siguen esperando ser redimidas. Y Dios no me arranca. Espera. Trabaja despacio.

La semilla más pequeña que conocían. Y sin embargo, crece hasta dar sombra a los pájaros.Cuántas veces he pensado que lo que hago es demasiado pequeño para importar. Un gesto de bondad que nadie ve. Una oración torpe. Un perdón que me cuesta pero lo doy.

El reino de Dios no llega con estruendo. Se mete como levadura, en silencio, desde dentro, y transforma todo sin que nadie lo vea venir.


Hoy me quedo con esto: Dios está actuando. Aunque no lo veas. Aunque parezca que la cizaña lleva ventaja. Aunque tu grano de mostaza parezca ridículo. No te desesperes. Deja que crezca.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 15. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

UN SEMBRADOR SALE A SEMBRAR…

Jesús se sienta a la orilla del lago. … Y empieza a contar.

Un sembrador sale a sembrar. Y la semilla cae en sitios muy distintos. En el camino. Entre piedras. Entre espinos. Y en tierra buena.

Simple. Casi demasiado simple. Pero cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que esta parábola no va de los demás. Va de mí. De cómo estoy yo recibiendo lo que Jesús me dice. Y eso me obliga a hacerme una pregunta incómoda:

¿Qué tipo de tierra soy hoy? Porque noto que no siempre soy el mismo.Hay días que soy camino. Escucho, asiento, y en cinco minutos ya no queda nada. La palabra entró pero no aterrizó. Demasiado duro por dentro, demasiada prisa por fuera.

Hay días que soy terreno pedregoso. Me entusiasmo rápido. Qué bonito, qué verdad, qué bien me ha venido esto… Y a la primera dificultad, al primer momento en que seguir a Jesús me cuesta algo de verdad, me echo atrás.

Hay días que soy espinos. La palabra está ahí, pero hay tanto ruido alrededor, tantas preocupaciones, tantas pantallas, tanto querer tenerlo todo controlado… que la semilla se ahoga sin que yo apenas me dé cuenta.

Y hay días, también, en que algo funciona. En que una frase, una imagen, un silencio… cae de verdad. Y algo crece. Despacio, sin que lo vea nadie, pero crece.

Lo que me consuela de esta parábola es que el sembrador no deja de sembrar. No calcula antes qué tierra merece la semilla. La lanza generosamente, sobre todo, sobre todos.

Jesús sigue hablando. Sigue ofreciendo. Sigue esperando. No se cansa de ti aunque hayas sido camino muchas veces. Aunque te hayas entusiasmado y luego enfriado. Aunque el ruido te haya ganado la partida más de una vez.


La pregunta que me llevo hoy no es ¿soy buena tierra? Es más sencilla y más exigente: ¿Qué necesito quitar hoy para dejar que algo crezca?

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 14. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“VENID A MÍ… ¡YO OS ALIVIARE”

Hay un momento en este evangelio que impresiona. Jesús… ora. No enseña, no cura, no predica. Se detiene y le habla a su Padre. Y lo que dice suena a algo muy íntimo, muy de dentro:

“Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y se las has revelado a los pequeños.”Jesús se muestra alegre y casi emocionado. Porque los pequeños lo están entendiendo. Pero… ¿quiénes son los pequeños?

No los más listos. No los más preparados. Los que saben que no lo saben todo. Los que no tienen miedo de necesitar. Los que llegan con las manos vacías y las abren.

Y yo me pregunto: ¿seré capaz de ser así de pequeño? A veces me cuesta pedir ayuda y reconocer que estoy cansado. ¡Cuánto nos cuesta admitir que solos no podemos!

Y sin embargo… Jesús nos dice algo que puede llegarnos muy adentro:

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.”

Todos. No los que tienen todo resuelto. No los que ya no necesitan nada: ¡los cansados. Los agobiados. ¡Muchos!

Hay un cansancio que todos conocemos. El de cargar con demasiado. El de aparentar que todo va bien. El de no parar nunca. El de sentir que nunca es suficiente.

Y Jesús no dice esfuérzate más. Dice ven.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.

El Hijo de Dios diciéndose a sí mismo: “Soy manso. Soy humilde. No vengo a aplastaros. Vengo a caminar con vosotros”.

Hay algo tremendamente tierno en esto.

El yugo que propone Jesús no es una carga más. Es compartir el peso con alguien que ya lo conoce desde dentro. Que sabe lo que pesa. Que no te juzga por estar agotado.


Hoy, si podemos llevarnos solo una cosa de este evangelio, es esta: “No tenemos que llegar a Jesús cuando estemos bien. Podemos ir ahora. Tal como estemos. Cansados, con las manos vacías. Porque es precisamente así cómo Él nos espera.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 13. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“EL QUE NO CARGA CON SU CRUZ Y ME SIGUE…”

Voy a ser honesto con vosotros. Este evangelio me incomoda a mí el primero. Jesús dice:

“el que quiera a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”.

Y yo me pregunto: ¿estoy a la altura? ¿De verdad Jesús ocupa el primer lugar en mi vida, o me cuento esa historia pero luego mis decisiones cuentan otra cosa?

Creo que esta pregunta nos toca a todos.

No creo que Jesús esté pidiendo que queramos menos a nuestra familia. Está pidiendo algo más difícil todavía: que no dejemos que ningún amor, por hermoso que sea, se convierta en una excusa para no seguirle.

A veces me escondo detrás de mis responsabilidades, de mis relaciones, de mis miedos… y le digo a Jesús: ahora no puedo, tengo demasiado.

Pero Jesús no dice tendrás que renunciar a todo. Dice carga con tu cruz. La tuya. La que ya tienes. La que ya pesa.

Seguirle no es huir de la vida. Es atravesarla con él.

Y entonces viene esa frase que parece una paradoja pero es pura verdad:

“El que encuentre su vida, la perderá. El que la pierda por mí, la encontrará”.

Yo entiendo esto así: cuando me agarro demasiado a mis planes, a mi imagen, a mi seguridad… paradójicamente me pierdo. Y cuando me suelto, cuando confío, cuando doy sin calcular tanto… algo se abre por dentro.

No lo digo como teoría. Lo he notado. Cuando he dado sin esperar, cuando he acompañado sin mirar el reloj, cuando me he dejado interpelar por alguien que necesitaba un poco de agua fresca…

Ahí he encontrado algo que no se compra.

Y eso es lo que dice Jesús al final. Dar un vaso de agua. Lo más pequeño. Lo más cotidiano.

Eso también cuenta. Eso también tiene recompensa.


Hoy no os propongo heroísmos.

Solo una pregunta, que me hago yo también: ¿A quién le puedo dar hoy un vaso de agua?

José Cristo Rey García Paredes, CMF