DOMINGO 26. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“EL ‘¡NO!’ QUE ABRE EL CIELO Y EL ‘¡SÍ!’ QUE LO CIERRA”

Jesús nos pone dos espejos: un hijo a su padre dice “no” y va. Otro hijo que dice a su padre “sí” y no va. ¿Cuál de los dos eres tú… soy yo?

Jesús va directo: los que se arrepienten llegan primero. Los que aparentan, quedan fuera.

La parábola es un escándalo. Un hijo dice “no quiero”, pero luego va. Otro dice “sí, señor”, pero no aparece. ¿Quién hace la voluntad del padre?

El que se arrepiente. No el que promete. No el que aparenta.

Y hoy pasa igual. Ves a personas que parecen lejos de Dios, que dicen “no creo”, “no voy”, “no rezo”… pero cuando ven la verdad, se arrepienten y se entregan. Y otros, fieles cumplidores, cargan la misa y la comunidad, pero están vacíos, sin amor, sin compasión. Dicen “sí” con la boca y “no” con la vida.

Jesús se pone de parte de los que dudaron, de los que se equivocaron, de los que dijeron “no”, pero después se convirtieron. Y los que se creen justos, los que nunca dudaron, los que nunca fallaron, a veces son los más duros.

Publicanos y prostitutas les llevan delantera. Ellos sí creyeron a Juan. Los fariseos ni se arrepintieron ni creyeron.

Hoy, la parábola nos reta: no importa nuestro pasado. Importa nuestro presente. ¿Dices “no” pero vas? Eres bienvenido. ¿Dices “sí” y te quedas? Revisa tu vida.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 25. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“LA ENVIDIA TE CORROE EL ALMA

Ya lo dice el refrán:

‘Si la envidia fuese tiña, cuántos tiñosos habría’.

Y en la viña del Señor, más de uno anda con sarpullido.

Jesús cuenta la parábola: unos al alba, otros al mediodía, los últimos al atardecer. Al final, denario para todos.

Se arma el jaleo.

Los de primera hora protestan, pero su queja no es hambre, es comparación. Les duele que el dueño sea generoso.

Y el dueño responde:

‘¿Vas a tener envidia porque soy bueno? ¿O voy a ser malo porque soy generoso?’.

Ahí está la clave.

La envidia no es pedir justicia, es no soportar la felicidad del otro. Nos corroe el alma, nos amarga, nos seca y nos separa del hermano. Pasa en nuestra familia, cuando el otro tiene más atención. Pasa en nuestra parroquia, cuando el recién llegado es alabado.

No soportamos que le vaya bien al que empezó mal. Y olvidamos que nosotros ya tenemos el denario de salvación.

¡Dejemos de mirar el plato del vecino! Si la envidia fuera tiña, ¡qué sarpullido!

Pero la gracia es más fuerte. Tomemos el ungüento de la gratitud. Agradezcamos lo nuestro y celebremos lo del otro. El dueño no nos debe nada, pero nos da todo. Soltemos el veneno. Solo así entenderemos que los últimos son los primeros, y los primeros, si se creen jefes, acabarán los últimos.

DOMINGO 24. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

EL PADRENUESTRO NOS DELATA: O PERDONAMOS O NOS JUGAMOS EL CIELO,

Pedro pregunta límites: “¿Hasta siete veces, Señor?”. Jesús le revienta el cálculo: “Setenta veces siete”. Se acabaron las cuentas. El rencor no tiene cabida.

Y para que quede claro, suelta la parábola más incómoda. Un siervo debía diez mil talentos. ¡La deuda de un imperio! El rey, al verlo suplicar, le condona “todo” y deja la deuda a cero. ¡Libre! Ese siervo sale, encuentra a otro que le debe cien denarios, un sueldo de tres meses, lo agarra del cuello y le exige el pago. ¡Qué hipocresía!

Y esto, ¿nos suena? Pasa siempre. Entre hermanos de sangre, y también entre hermanos de fe. Una palabra, un cargo, una herencia, y rompemos la comunión. Ahí está el problema.

Dios nos ha perdonado una deuda astronómica: nuestros pecados, nuestros fracasos. Pero nosotros, ¿ahogamos a nuestro hermano por un disgusto? Esa conducta canceló el perdón del siervo.
Llega el golpe definitivo: el Padrenuestro reza “perdona como nosotros perdonamos”. ¡Cuidado! No es un verso bonito, es un contrato. Pides que Dios te mida igual. Si aprietas el puño, el Padre aprieta el suyo. Si abres la mano, Él abre las compuertas. Suelta esa deuda. Perdona, aunque duela. Perdona, aunque no lo merezca. No…no es opcional. ¡Es cuestión de vida eterna!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 23. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¿Y SI ERES… EL QUE HA DE SONAR LA ALARMA?

Mira el mundo. Nepal sufre. Terremotos, catástrofes que claman. La alarma suena fuerte. Pero hay otra, más silenciosa y urgente: tu hermano en la fe se despeña. ¿La oyes de verdad?

Dios te dice:

“Eres centinela. Si no avisas al malvado, te pediré cuenta” (Ez 33).

Callar no es caridad; es cobardía. No vale el “yo no me meto”. El hermano perdido duele a Dios. La alarma no es opcional.

Jesús da el protocolo claro:

“ve a solas, sin chismes ni redes. Si no escucha, lleva a uno o dos. Si persiste, díselo a la comunidad entera. “Si ni así hace caso, considéralo pagano o publicano”.

¿Expulsión? No.

Los expertos profundos dicen: tratarlo así es quitar la máscara, reconocer la ruptura, pero no cerrar la puerta. Es darle el sitio donde Jesús comía. Siempre con esperanza de vuelta.

La alarma suena insistente, hasta el aparente rechazo. Es tu responsabilidad. No es condena, es aviso para salvar su vida.

Y aquí viene lo espectacular: el poder de la oración compartida.

“Si dos se ponen de acuerdo en la tierra, mi Padre lo dará”. “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo”.

¡Increíble! Nuestra oración conjunta ata y desata realidades en el cielo.

José Cristo Rey García Paredes, CMF