DOMINGO DE RAMOS 2026
Primera homilía: Antes de la procesión de Ramos — Mt 21, 1-11
Hace dos mil años, en Jerusalén, algo extraordinario estaba a punto de ocurrir. Un hombre entra en la ciudad. No en un caballo de guerra. No con ejércitos. No con poder. Entra en un asno. Y la gente… explota de alegría. Extienden sus mantos en el suelo. Cortan ramas de los árboles. Y gritan: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”
¿Quién es este hombre que provoca tanto?
La ciudad entera se sacude. Y la gente responde: “Es Jesús, el profeta de Nazaret.” Un profeta. De Nazaret. De un pueblo insignificante. Sin ejército. Sin palacio. Sin riqueza. Y sin embargo… Jerusalén tiembla.
Hoy nosotros también tomamos ramos. También salimos a recibirle. Pero preguntémonos algo antes de que empecemos a caminar: ¿A quién estamos recibiendo tú hoy?
¿Al rey poderoso que resuelve todos tus problemas? ¿O al Dios humilde que viene a caminar contigo por el dolor, por la cruz, por la muerte… y al otro lado… por la Vida?
Porque este hombre que hoy entra entre palmas y gritos… en pocos días será arrestado, torturado y crucificado. Y lo sabrá desde el principio. Y entrará de todas formas. Por ti, por mí.
Coge tu ramo. Camina. Y deja que Él entre hoy de verdad… no solo en la procesión. En tu vida, en mi vida.
Segunda homilía: La Pasión según san Mateo — Mt 26, 14-27.66
Acabamos de escuchar uno de los textos más sobrecogedores de toda la literatura humana. El relato que inspiró a Bach para componer su Pasión según San Mateo. Música que hace llorar a quienes no creen. Música que rompe por dentro. Porque algo en este relato nos toca donde más duele. Judas lo entrega por treinta monedas. Pedro lo niega tres veces. “No conozco a ese hombre.” Los discípulos… huyen. Todos.
Y Jesús se queda solo. Solo en Getsemaní, sudando sangre. Solo ante el Sanedrín. Solo ante Pilato. Solo en la cruz. Y en ese momento de soledad absoluta, grita algo que nos parte el corazón: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Detengámonos ahí un momento. No pasemos de largo. El Hijo de Dios… sintiéndose abandonado por su Padre.
¿Hemos sentido alguna vez eso? ¿Esa oscuridad? ¿Ese silencio de Dios? Jesús también. No lo vivió desde fuera. Lo vivió desde dentro. Desde el grito. Y sin embargo… sus últimas palabras en Mateo no son de odio. No son de venganza. El centurión romano —el enemigo— al verle morir así, dice: “Verdaderamente este era Hijo de Dios. “Un verdugo. Convertido en confesor de fe.
Esta semana que comienza hoy se llama Santa por algo. No porque sea fácil. Sino porque en el dolor más oscuro Dios estaba presente. Y sigue estándolo. En nuestro dolor. En nuestra cruz. En nuestro grito. No estamos solos. … Él ya pasó por ahí.
DOMINGO 5. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO A
“LA MUERTE YA NO HIERE A SUS AMIGOS”
Hoy la Palabra de Dios nos grita una sola cosa: ¡VIDA! Y qué paradoja… estamos a punto de entrar en la Semana Santa, la semana de la muerte de Jesús… y Él nos dice: “Yo soy la Vida”.
¿Por qué tanta muerte a nuestro alrededor? ¿Qué le pasa a la humanidad?
Ezequiel lo vio claro: el pueblo de Dios era un valle de huesos secos. Un cementerio. Sin futuro. Sin esperanza. Y Dios… ¿qué hace? No los abandona. Los mira y dice: “¡Pueblo mío, pueblo mío!” — como un padre que llora a su hijo. Como David llorando a Absalón. Y se compromete:
“Abriré vuestros sepulcros. Os daré mi Espíritu. Viviréis.”
¿Sabemos lo que eso significa? Que cuando tocamos fondo… Dios no se va. Se acerca más.
Lázaro llevaba cuatro días muerto. Marta y María estaban destrozadas. Y Jesús… llegó tarde. No les ahorró el dolor. No les ahorró el duelo. Pero llegó. Y todo cambió. Porque la muerte ya no hiere a los amigos de Jesús.
¿Somos amigos suyos? Entonces la última palabra no es la muerte. Es Él. San Pablo nos lo explica así: “en nosotros hay carne… y hay espíritu”. Cuando nos dejamos llevar por el Espíritu de Jesús, ese Espíritu envuelve nuestra carne, transfigura nuestro dolor, resucita lo que en nosotros está muerto. No es magia. Es amor.
“En el verdadero amor, el espíritu envuelve a la carne.”-como decía el filósofo Nietzsche-.
Esta Cuaresma nos preguntamos algo muy sencillo: ¿Dejamos que el Espíritu de Jesús toque nuestra vida? Porque si lo dejamos… lo que estaba muerto… vuelve a vivir.
José Cristo Rey García Paredes, CMF
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DOMINGO 4. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO A
“CUANDO LA CEGUERA ESTÁ EXPANDIDA”

Ser bautizado es ser un “iluminado”. No somos la luz, pero damos testimonio de la Luz. Buda hizo de su vida un camino hacia la iluminación. Nosotros, los cristianos, fuimos iluminados ya al comienzo del Camino: en el bautismo, aunque parezca increíble.
El profeta Samuel entró en Belén buscando el candidato de luz para dirigir el pueblo de Israel. Desfilaron ante él los hijos de Jesé. Uno tras otro. Ninguno fue elegido. “¿Se acabaron los muchachos?”, pregunta el profeta. Hubo que ir a buscarlo fuera, al campo, entre las ovejas: David, el pequeño, el olvidado. Dios pone su luz allí donde nosotros no imaginamos.
Y como Samuel, también Jesús se encontró con un marginado: ¡ciego de nacimiento! Jesús untó barro en los ojos del ciego. Y le pidió colaborar: vete y lávate. Y añadió: “Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo.” Y el ciego de nacimiento vio por vez primera en su vida.
Pero la ceguera estaba expandida. Los discípulos preguntan: “¿Quién pecó, él o sus padres?” El gentío no capta nada: “¿No es éste el que mendigaba? ¡No! Pero se le parece.” Los fariseos interrogan al que fue ciego. Tampoco ellos se lo creen. Y se atreven a insultar a la fuente de su luz: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.”
¡Qué paradoja! El único que ve es ahora el que fue ciego. Se defiende de maravilla aludiendo a Jesús: “Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada.”
¡Cuánto ciego alrededor de Jesús! Y cuando más cerca están de la luz, más se obstinan en su horrible ceguera. La ceguera de quienes se sitúan como jueces implacables ante lo nuevo, porque su única luz es “lo mandado”. Discípulos. Gentío. Fariseos. Cada grupo más ciego que el anterior, aunque están más cerca de Jesús.
¿Estamos conformes con tanta ceguera a nuestro alrededor? Buda nos pidió entrar en procesos de iluminación. Jesús nos dice: “Yo soy tu luz.” ¿Tenemos conciencia de que la Luz nos enfoca… nos habita? ¿Nos busca? Y si te dejas iluminar, descubrirás muchos ciegos a tu alrededor.
José Cristo Rey García Paredes, CMF















