DOMINGO 13. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
“EL QUE NO CARGA CON SU CRUZ Y ME SIGUE…”
Voy a ser honesto con vosotros. Este evangelio me incomoda a mí el primero. Jesús dice:
“el que quiera a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”.
Y yo me pregunto: ¿estoy a la altura? ¿De verdad Jesús ocupa el primer lugar en mi vida, o me cuento esa historia pero luego mis decisiones cuentan otra cosa?
Creo que esta pregunta nos toca a todos.
No creo que Jesús esté pidiendo que queramos menos a nuestra familia. Está pidiendo algo más difícil todavía: que no dejemos que ningún amor, por hermoso que sea, se convierta en una excusa para no seguirle.
A veces me escondo detrás de mis responsabilidades, de mis relaciones, de mis miedos… y le digo a Jesús: ahora no puedo, tengo demasiado.
Pero Jesús no dice tendrás que renunciar a todo. Dice carga con tu cruz. La tuya. La que ya tienes. La que ya pesa.
Seguirle no es huir de la vida. Es atravesarla con él.
Y entonces viene esa frase que parece una paradoja pero es pura verdad:
“El que encuentre su vida, la perderá. El que la pierda por mí, la encontrará”.
Yo entiendo esto así: cuando me agarro demasiado a mis planes, a mi imagen, a mi seguridad… paradójicamente me pierdo. Y cuando me suelto, cuando confío, cuando doy sin calcular tanto… algo se abre por dentro.
No lo digo como teoría. Lo he notado. Cuando he dado sin esperar, cuando he acompañado sin mirar el reloj, cuando me he dejado interpelar por alguien que necesitaba un poco de agua fresca…
Ahí he encontrado algo que no se compra.
Y eso es lo que dice Jesús al final. Dar un vaso de agua. Lo más pequeño. Lo más cotidiano.
Eso también cuenta. Eso también tiene recompensa.
Hoy no os propongo heroísmos.
Solo una pregunta, que me hago yo también: ¿A quién le puedo dar hoy un vaso de agua?
José Cristo Rey García Paredes, CMF
domingo 12. tiempo ordinario. ciclo a
¡NO TENGÁIS MIEDO! ¡Tres veces!
Jesús dice tres veces en este texto: «¡No tengáis miedo! ¡Tres veces! Como si supiera que lo necesitamos escuchar más de una.
¿De qué tenemos miedo exactamente?
De muchas cosas. Pero quizás sobre todo de esto: de que si nos mostramos de verdad, si decimos lo que creemos, si vivimos abiertamente nuestra fe… algo malo va a pasar. Que nos van a juzgar. Que vamos a quedar en ridículo. Que vamos a perder algo.
Y Jesús no niega que haya riesgos. Pero entonces dice algo que lo cambia todo. Dos gorriones. Los pájaros más insignificantes del mercado. Tan baratos que los vendían de dos en uno, por una moneda de nada. Y sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que el Padre lo sepa. ¡Ni uno!
Y tú, vosotros, dice Jesús, valéis más que muchos gorriones. Parémonos aquí un momento.
No dice que valemos algo. Dice que valemos más. Que el Padre tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza. Que somos conocidos, vistos, sostenidos, con un detalle que no alcanzamos a imaginar.
Ese es el argumento de Jesús contra el miedo. No es valentía de los dientes para afuera. No es hacerse el fuerte. Es algo mucho más profundo: saber que estás en manos de alguien que no te pierde de vista. Cuando sabemos eso, podemos hablar. Podemos pregonar desde las azoteas lo que escuchamos en la oscuridad. Podemos dar la cara. No porque no nos importe lo que pasa, sino porque sabemos quién nos sostiene.
Y hay una promesa al final que es preciosa. “Al que me reconozca ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre.” Jesús poniéndose de nuestra parte. Jesús diciendo nuestro nombre delante del Padre.
¿Qué más necesitamos para perder el miedo? Hoy, en algún momento se nos va a presentar la oportunidad de dar la cara. Hoy en algún momento. ¡No lo dejemos pasar!
José Cristo Rey García Paredes, CMF
DOMINGO 11. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
“SE LE CONMUEVEN LAS ENTRAÑAS”
Jesús mira a la gente. No la analiza. No la juzga. La mira. Y lo que ve le rompe el corazón: personas extenuadas, abandonadas, como ovejas sin pastor. Gente que carga con demasiado y no tiene quién las acompañe.
¿Nos suena familiar? Ese mismo Jesús nos mira hoy. Con esa misma mirada. No ve nuestros fallos primero. Ve nuestro cansancio. Ve que a veces nadie nos cuida. Y siente compasión.
Esa palabra en griego —splanchnízesthai— significa que algo se le mueve en las entrañas. No es pena desde arriba. Es dolor compartido desde dentro. Y… entonces dice algo sorprendente. No dice: “voy a arreglarlo todo yo.” Dice:
“la mies es abundante, pero los obreros son pocos.
Pedid al dueño de la mies que mande obreros.”
Jesús necesita manos. Nuestras manos. Y llama a doce. No a doce superhéroes. A doce personas normales, con sus miedos y sus contradicciones. Y les da su misma misión: ¡curad, consolad, liberad!
Gratis. Lo recibisteis gratis, dadlo gratis. Aquí está el escándalo del evangelio de hoy. Lo que Dios nos ha dado —su amor, su perdón, su paz— no es nuestro para guardarlo. Es nuestro para repartirlo.
¿Cuánta gente hay a nuestro alrededor que está extenuada? ¿Cuántos están solos, sin que nadie los mire de verdad? Nosotros podemos ser ese obrero que Jesús está esperando. No hace falta ser perfecto. Solo disponible.
“Pedid al dueño de la mies…”
Empecemos ahí. En la oración. Pidamos ser enviados. Y luego miremos a nuestro alrededor con los ojos de Jesús.
CORPUS CHRISTI. CICLO A
CORPUS CHRISTI – LA PRESENCIA INTERMINABLE
Lo más importante hoy no son las custodias, las procesiones ni los inciensos. Lo más importante es dejarse conmover por el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Sí… dejarse conmover.
No solo de pan vive el ser humano.
El desierto de Israel duró cuarenta años. Hambre. Sed. Amenazas. Y sin embargo, el Abbá no dejó morir a su pueblo — hizo brotar agua de la roca y llovió maná del cielo.
El mensaje es profundo: las dificultades no son castigo. Son pedagogía. El Abbá enseña a sus hijos el arte más sublime de vivir — no de pan solo, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.
Entrar en comunión con Cristo resucitado. ¡Increíble!
La sangre de Jesús fue derramada hasta la última gota en el Calvario — y resucita misteriosa para hacerse bebida para el Camino. Beberla es identificarse con su entrega total. Su cuerpo fue siempre lugar de encuentro, fuente de energía, memoria sublime de lo humano y lo divino. Ahora está en plenitud, luminoso, invadido de vida eterna. ¿Puede haber momento más extático que el de la comunión?
El Mesías que nadie esperaba.
Cuando Jesús se llama a sí mismo “Hijo del hombre”, usa un título cargado de dinamita. No un Mesías solo para Israel. No un Mesías con ejércitos. Un Mesías mundial, para todas las naciones. Humano, no violento, servidor, entregado. Un Mesías que, en lugar de conquistar con la espada, da su cuerpo como alimento.
No de un trago. Gota a gota.
Comer su carne no es “tragar”. Es un proceso lento de asimilarse a Él. Beber su sangre no es un trago — es ir bebiéndola gota a gota, hasta apurar el cáliz, hasta identificarse con la oblación total del Hijo del hombre. Solo haciéndonos con-corpóreos y con-sanguíneos con Jesús tendremos vida en nosotros. Vida abundante.
Por una vez: deja de moralizar. Disfruta.
Hoy no es día de preguntarse “¿qué tengo que hacer?” Es día de dejarse invadir por la grandeza de lo que está pasando. Jesús resucitado — glorificado, luminoso, lleno de vida eterna — quiere entrar en comunión contigo. No con tu perfección. Contigo.
Jesús no fue un maestro frío que enseñó desde lejos. Se acercó. Nos tocó. Nos lavó los pies. Y ahora nos entrega su propio Cuerpo y Sangre. ¡Pasmo de amor! Deja que te conmueva. Hoy. Ahora.
José Cristo Rey García Paredes, CMF


















